Javier Ramos

Rector de la Universidad Rey Juan Carlos

 

La Universidad es, sin duda, la mejor herramienta para transformar la vida de las personas, gestionando y generando conocimiento a través de la investigación, convirtiéndolo después en desarrollo social.

Mi convencimiento es que la Universidad debe hacer un mayor esfuerzo para adaptarse al mundo actual y así proporcionar a la ciudadanía el servicio más adecuado, de lo contrario el progreso social resultante de su acción es, a todas luces, menor del que se puede obtener.

Hoy, el conocimiento se caracteriza por la velocidad de generación y especialización. Se crean constantemente nuevos ámbitos de interés. Especialidades que tuvieron su peso en el pasado, hoy han dejado de tener vigencia.  La creciente complejidad de los problemas que aborda la ciencia y el acceso casi ilimitado a la información y a las herramientas de análisis de ésta, hacen necesario un modelo de Universidad de una gran plasticidad.

Para este nuevo escenario cambiante, es más adecuado entrenar a los estudiantes y a los profesores para sistematizar el tránsito por distintos niveles de profundidad del conocimiento, saltando de uno al siguiente y abordando cualquier problema.

En un entorno donde la información, e incluso el conocimiento, es accesible de manera prácticamente universal e instantánea, la formación del estudiante implica enseñarle a descubrir “qué quiere o necesita aprender”, así como las habilidades que le conducirán a través de los distintos niveles de profundidad del conocimiento, mucho más que el dominio de una disciplina concreta.

Desde la existencia de las calculadoras, por ejemplo, calcular un logaritmo no representa ningún reto intelectual. Incluso es posible enseñar a un estudiante el concepto subyacente en su cálculo. Pero para que pueda alcanzar el máximo nivel de profundidad del concepto “logaritmo” necesita conocer lo que es una potencia matemática. Antes, conocer la multiplicación. En su niñez, tuvo que comprender la suma para alcanzar la máxima profundidad de conocimiento de la multiplicación. Y, en primera instancia, necesitaba dominar los números naturales. Así, el proceso de formación va construyendo niveles de abstracción uno tras otro. Tan pronto se conoce en profundidad un nivel de abstracción se puede construir el siguiente.

La experimentación personal, aunque ralentiza el proceso de aprendizaje, proporciona una mayor profundidad de conocimiento de cada nivel de abstracción aprendido al mismo tiempo que mejora la motivación del estudiante.

Por todo ello, es necesario:

  1. Dar una formación universitaria de pocos niveles de abstracción, pero de gran profundidad de conocimiento y con una amplia transversalidad de ámbitos.
  2. Mejorar en las habilidades de comunicación (incluidas las inter-disciplinas) para poder abordar con éxito la creciente especialización.
  3. Profundizar en la capacidad de abstracción e interrelación de los conceptos de los primeros niveles de abstracción.
  4. Incrementar la curiosidad e interrelación de conceptos.

Ha llegado el momento de que todos los ámbitos del conocimiento se adapten a este modelo.  Creo que tenemos que diseñar grados centrados en un ámbito concreto que proporcionen conocimientos adicionales de otros. Algunos de los conocimientos deberán trasladarse a los másteres, que serán los que se especialicen en un problema relevante concreto. La formación de posgrado deberá entenderse como un aprendizaje a lo largo de la vida. Es necesario adaptarse paulatinamente a la metodología learning-by-doing